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El budismo es benevolencia y compasión

27.6.13
"Para comenzar a meditar no es necesario ser budista. Sólo hay que desearlo. Después, cada uno llenará sus páginas en blanco con su experiencia personal"

Ricardo Dokyu es monje budista zen, se ordenó en Nagoya, Japón, en 1991. Allí vivió 10 años y ahora difunde la meditación zen (o zazen) a través de su templo Serena Alegría.

mirada de buda

Camino eterno. Ése es el significado de Dokyu, el apellido de Ricardo. “Do significa camino y kyu, eterno, en japonés”, aclara.

Este nombre se lo dio su maestro, Nakamura Doyu, cuando lo ordenó como monje budista zen. Esto fue en Japón, en 1991. “Estuve 10 años viviendo allá, en la ciudad de Nagoya y también en el monasterio de Eiheiji, el templo matriz de la escuela Soto. Después, me pareció que era tiempo suficiente, ya sentía la necesidad de volver y continuar la práctica acá (en Argentina), acercar mi experiencia y compartir todo lo que aprendí. Quise ser una puertita más por donde las personas interesadas puedan acercarse al budismo”, dice Ricardo.

¿Cómo definís al budismo zen?
Es el que se practica en Japón. Originalmente, el budismo surgió en la India, (se desarrolló a partir de las enseñanzas difundidas por su fundador Siddhartha Gautama, alrededor del siglo V a. C), y se difundió a distintos países, donde fue adecuándose a la cultura de cada lugar. Sin embargo, la esencia se mantuvo constante en todas las vertientes: el desarrollo de una mente clara y de la benevolencia, la compasión y la ecuanimidad.

¿Cómo se logra esto?
El zen enfatiza en la práctica, en la experiencia directa y en ir más allá de las palabras y los conceptos. No debemos apegarnos ni aferrarnos a las cosas que nos rodean ni tampoco a las enseñanzas. Una de sus principales características es la meditación zen o zazen, en la postura tradicional de loto completo o medio loto (sentados en el piso). Esto tiene como objetivo la observación del estado de la mente y el desarrollo de la atención. Así logramos ver que vivimos aferrados a ideas, calificaciones, preconceptos que fuimos formando a lo largo de la vida: desde que somos niños nos dicen qué es bueno y qué es malo. Cuando hablamos de ir más allá de estos conceptos no nos referimos a cuestionarlos, sino simplemente a observar su relatividad: algo es bueno o malo “en función de…”.

¿Y cuál es el objetivo de la práctica?
Para el budismo, esta fijación en los conceptos se denomina “ilusión”, porque todo es relativo, todo lo que se piensa surge de ideas que uno ya tiene. En función de eso, clasifica, califica, juzga y prejuzga todo lo que lo rodea. Poder ir más allá de eso nos ayuda a tener una mente más ecuánime, a ver al otro como realmente es y practicar la bondad. A la hora de comenzar, es importante saber que esto es un camino: hoy vivimos en un mundo donde todo quiere obtenerse ya. El zen no es así, es tiempo y un camino por recorrer.

¿Cómo es la meditación zen?
El zazen es una meditación no guiada, en la que hacemos hincapié en estar atentos a la postura y la respiración. Después, uno piensa por más que no quiera. Yo siempre cuento una historia de un discípulo que se va de retiro a la montaña y se acerca a su maestro y le pide un consejo. “Sólo no pienses en monos”, le contesta. Cuando termina el retiro, el discípulo le cuenta a su maestro que, obviamente, no pudo dejar de pensar en monos. ¿Qué quiere decir esto? Que es importante no luchar contra el pensamiento, no podemos evitarlo. Hay que dejarlo fluir.

¿Cómo llegaste al budismo?
Fue casualidad. Tenía 24 años y participé de una charla sobre el tema. Fue una de esas cosas que uno no elige, me interesó inmediatamente. Fue un encuentro inesperado, lo sentí muy afín desde el comienzo. Pronto tuve la suerte de ir a Brasil a interiorizarme en el tema, estuve en Belo Horizonte y Ouro Preto, y luego viajé a Japón, cuando decidí que quería ser monje. Allí aprendí japonés, me preparé por 10 años y aún sigo preparándome.

¿Qué recordás de tus viajes?
Recuerdo especialmente a mis maestros. Igarashi Ryotan me inspiró a seguir su ejemplo: yo veía reflejado en su hacer cotidiano la práctica del budismo zen. En Japón, mi segundo maestro, Nakamura Doyu, me dio una enseñanza que me acompaña: siempre que había que hacer algo en el templo me mandaba a mí. Al principio yo no sabía cómo resolver sus pedidos, tenía miedo de hacerlo mal y le preguntaba. Él me señalaba el pecho y me decía “Hagas lo que hagas, siempre hacelo con el corazón”.

Fuente: larazon.com.ar

2 comentarios :

  1. Anónimo8.2.11

    Ricardo me interesa mucho el zen hace muchos años que medito escribo y vivo mis jornadas plenamente ahora siento en mi corazòn las ganas de enseñar y si bien le he hecho por ejemplo con mis hijos quiero aprender y ordenarme busco tu consejo.-
    Desde ya agradezco tu atenciòn.-
    jorge

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  2. Anónimo8.2.11

    Ricardo, te escribì anteriormente para solicitar tu consejo y no te enviè mi e-mail, ahì va:
    jrmsan@yahoo.com.ar
    Gracias
    Jorge

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