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Buscando la felicidad

26.7.11
Desde la cumbre de la evolución, el hombre escruta las razones que llevaron al crecimiento de su cerebro por encima del de cualquier otra especie (es tres veces más grande que el del chimpancé, uno de nuestros parientes más cercanos del reino animal), y cómo este motor productor de inteligencia lo convirtió en la estirpe más exitosa sobre el planeta.

Pero en los últimos tiempos y consciente de que la inteligencia es la herramienta que lo convirtió en el grupo dominante de la Tierra, el ser humano ahora indaga sobre si el coeficiente intelectual propio de cada persona puede ser sinónimo de éxito, bienestar, superación y felicidad individual, y en este punto se pone cada vez más el acento en el concepto de la inteligencia emocional, entendida aproximadamente como la capacidad para identificar, usar, entender y administrar nuestras emociones.
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Tradicionalmente se interpretaba que un “bocho” (lo cual estaba vulgarmente relacionado con la capacidad para las matemáticas), una persona de buen coeficiente intelectual, tenía las condiciones para triunfar en alguna profesión y a partir de ahí, en la vida; y como consecuencia directamente derivada, sería una persona feliz.

Pero ahora los conceptos han cambiado. Personas de alta inteligencia no son necesariamente triunfadores ni mucho menos seres felices, mientras que otras menos dotadas logran mejores performances en la vida, tanto en lo profesional como en lo personal. En gran medida esta aparente contradicción obedecería a las menores o mayores capacidades de inteligencia emocional de los individuos.

Qué dice la ciencia
En el marco de estas investigaciones, Howard Gardner creó la Teoría de las Inteligencias Múltiples según la cual, el ser humano dispone de ocho inteligencias (en mayor o menor grado), por su mera pertenencia a la especie, lo que explicaría las diversas habilidades intelectuales del hombre: 
  • lingüística
  • lógico-matemática
  • musical 
  • corporal 
  • espacial 
  • interpersonal
  • intrapersonal
  • naturalista 
Pero dónde se ubicaría aquí la inteligencia emocional ?
Según el profesor e investigador de la UNC, Edgardo Pérez, el concepto de inteligencia emocional “es en realidad una amalgama de las inteligencias intrapersonal e interpersonal de Gardner. En la actualidad su rol preponderante es entendible si uno piensa en la creciente relevancia del trabajo interdisciplinario en el mundo laboral o en la necesidad de autorregularse del estudiante en los entornos virtuales de aprendizaje contemporáneos, tales como Internet”.

Sin embargo, hay personas que funcionan como “analfabetos sociales”. En este sentido, Leonardo Medrano, docente de la Facultad de Psicología de la UNC y director de un grupo de Investigación en Psicología Positiva, señala que existen diferentes factores que pueden influir para que una persona no desarrolle adecuadamente sus capacidades interpersonales y emocionales. Menciona fallas en el aprendizaje de estas habilidades “por tener relaciones familiares empobrecidas o prácticas parentales que restringen las iniciativas para expresar emociones o iniciar contactos sociales”.

También inciden la ansiedad e incomodidad que generan en algunas personas los intercambios sociales. Entonces, al evitarlos, las limitaciones se vuelven cada vez más marcadas.

Otro inconveniente es cómo se procesan e interpretan los estímulos, ya que personas con pobres habilidades interpersonales y emocionales, pueden errar en la “lectura” de una situación y, en consecuencia, no actúan como se esperaría que lo hicieran.

Así, los factores como la familia, escuela y amigos tienen un rol importante en el desarrollo de las capacidades, sobre la base de un ingrediente importante: la herencia.

Esto determinará, como siempre pasa, que a algunas personas les resulte muy sencillo realizar ciertas actividades y que el camino será más complicado para otras.
“Además –agrega Edgardo Pérez– hay factores no estrictamente intelectuales que son importantes para el éxito escolar y social tal como la investigación demostró repetidamente. Uno de ellos, es la autoeficacia o la confianza que tenemos en nuestras propias capacidades. Y la buena noticia es que la confianza en nosotros mismos se puede aprender con intervenciones adecuadas”.

Cultivar tus diamantes
Podría decirse que aquellas inteligencias para las que somos más aptos, son como un diamante en bruto: para brillar requieren pulido, cuidado y desarrollo a lo largo de la vida.
Edgardo Pérez, doctor en psicología, profesor adjunto de la cátedra Técnicas Psicométricas de la Facultad de Psicología de la UNC e investigador del Programa de Incentivos-SECYT, propone las siguientes recomendaciones:

- Todos somos buenos para algo. Orientá el esfuerzo en identificar cuáles son tus fortalezas y la mitad de la batalla está ganada.
- La mayoría somos buenos sólo para una o dos actividades, hay pocos Leonardo da Vinci. Por consiguiente, es mejor cultivar una habilidad en profundidad y no varias superficialmente.
- Seleccioná buenos maestros, individuos que dominen la habilidad que te interesa desarrollar y aprendé de ellos todo lo posible.
- No te desalientes, es importante ser perseverante en practicar tu habilidad natural. Excepto genios precoces como Mozart, uno nace con potencialidades para algo, no con habilidades desarrolladas. Un Diego Forlán, el excelente delantero uruguayo, llega a su casa y continúa pateando el balón en el patio. Todo lo valioso en la vida cuesta esfuerzo; en palabras de Konrad Lorenz, el eminente etólogo alemán, “vivir es aprender”.

Fuente: J. Edelstein para vos.lavoz.com.ar
 
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