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Coaching ontológico: lo primero es aprender a escuchar

30.8.11
Coaching ontológico aprender a escuchar

Entrevista al coach, filósofo y sociólogo chileno  Rafael Echeverría.

-¿El coaching es hijo de quién? ¿Tiene un padre específico?
rafael echeverria coaching
-No, no lo hay. El coaching tiene múltiples padres. Tiene una tradición muy antigua. Comienza en los deportes. Es un término que surge en los Estados Unidos y que emerge, básicamente, cuando una persona se hace cargo de la preparación de un atleta o de un equipo y logra que esa persona o ese equipo tengan un desempeño sobresaliente.

-¿Pero quién fue el que lo sacó del deporte y le dio sentido empresarial?
-Creo que hay varias corrientes que llevan el coaching a la empresa, no solamente a la empresa sino a dominios más amplios del fenómeno humano, como nosotros que fundamos el coaching ontológico.

-¿Qué edad tiene el coaching ontológico?
-Se pueden distinguir distintas fases, una un poco informal o espontánea, sin un intento de sistematización, que comienza en la década de los 80 con Fernando Flores, un ingeniero con un doctorado en Filosofía en Berkeley que luego se dedicó a la política, fue incluso senador de la República en Chile.

-¿Y usted y el coaching ontológico qué vienen siendo?
-Julio Olaya y yo somos los que hacemos un intento por sistematizarlo, convertirlo en una profesión y elevarlo a un nivel distinto en California, esto ya en el año 91.

-¿Cómo explicar el coaching a un niño?
-Yo le diría que es una persona que te ayuda a lograr lo que tú quieres pero sientes que no puedes.

-¿Ha hecho cursos con niños?
-No. Hemos hecho cursos con gente joven pero, fundamentalmente, que se encuentra en la universidad.

-La pregunta la hago porque los adultos que hoy pretenden mejorar a través de las técnicas de moda, son niños que no fueron educados en el saber y, sobre todo, en el saber hacer.
-No, creo que no es un problema de la educación. Creo que todo ser humano enfrenta dificultades, enfrenta la experiencia de sentir que su capacidad de actuar y de lograr ciertos resultados, tiene límites. No es algo que tenga que ver con una educación deficiente. Si pensamos en la mejor educación, es muy posible que mantengamos la misma impresión de no poder ir más allá.

-¿Se requiere una edad mínima para aprender coaching?
-Yo creo que sí, aunque hemos tenido gente de 22, 23 años, el coaching ontológico requiere una experiencia de vida mayor, no solamente para poder intervenir de una manera más efectiva sino, sobre todo, para poder comprender a gente que tiene otro tipo de experiencias.

-Entonces, ¿cuenta el kilometraje?
-Aprovecha más de la experiencia una persona que esté sobre los 28 años. Pero así como los jóvenes no logran aprovechar tanto, posiblemente los demasiado viejos, con hábitos muy establecidos, también puedan tener problemas.

-¿Cuál es el primer paso para la persona que se decida por el coaching?
-Estar dispuesta a soltar certidumbres, a revisar hábitos, a abrirse a una mirada distinta de la vida, a ceder a formas de ser a las que no estaba acostumbrada, sin nunca perder la autonomía de pensamiento,

-Los pacientes técnicamente hablando de coaching ¿quiénes son? ¿La gente ganadora que quiere más o la perdedora que busca un salvavidas?
-Ambos. Y no son pacientes porque muchas veces al paciente le atribuimos la calidad de estar enfermo, de estar sufriendo alguna patología del tipo que sea. Y el coaching es algo que es necesario para cualquier ser humano que percibe que hay cosas de la vida a las que no logra ascender, resultados que no logra alcanzar, de ahí que nosotros fundamentalmente vemos al coaching ontológico como un facilitador de aprendizaje y no como un terapeuta.

-La mayoría de su público son inconformes. Por su experiencia, ¿esa inconformidad gira en torno a qué?
-Hay gente que está buscando un sentido de vida más amplio, más profundo, que muchas veces se enfrenta a sufrimientos que no logra superar y que busca una opción de vida más plena. Pero hay otras personas que lo toman por motivos profesionales. Hemos tenido sacerdotes que lo toman para hacer un trabajo pastoral más efectivo; maestros, consultores, psicólogos, ejecutivos, ministros de Estado... la gama es muy variada.

-Un aprendiz que por sus logros sea hoy su orgullo como maestro.
-Le podría dar nombres pero siento que no es bueno hacerlo. Hemos hecho trabajos muy ligados a sectores marginados. En Argentina, por ejemplo, hay una persona que utiliza el coaching para su trabajo en el barrio La Matanza, un barrio muy difícil en Buenos Aires, sacando niños que tienen problemas en las calles con las drogas y las bandas.

-Las modas nos atraviesan como olas. Primero había que saber mandar, luego la clave era saber controlar, ahora vamos en que hay que saber acompañar. Para alguien escéptico de todo ésto, ¿cómo convencerlo de la utilidad del coaching?
-El coaching ontológico es una propuesta de profundas raíces filosóficas y eso es un dato muy importante. Más importante que el coaching ontológico es la propuesta que hacemos sobre el fenómeno humano que llamamos ontología del lenguaje. Esa propuesta es enseñada hoy en día en múltiples universidades y empresas. Creo que ahí hay una diferencia importante que va más allá de introducir una nueva moda.

-La posmodernidad es una mezcla de nociones del pasado, ahora estaba hablando usted de filosofía, lo digo pensando en la frase de Aristóteles: “Mejor que saber es querer y mejor que querer es aficionarse”, esta podría pasar por una frase de coaching.
-Eso es una forma de verlo. Es cierto que tiene un cierto eclecticismo y toma de muchas partes y construye diseños integradores, pero también es la experiencia de que los grandes discursos que se invocaban como poseedores de la verdad no logran hacer eso. Yo me identifico más con una posmodernidad entendida así, y en la necesidad, y ahí nos acercamos a Aristóteles, de restituir los vínculos solidarios con la gente. La posmodernidad es a la vez una fase crítica de la modernidad, que todavía no encuentra un discurso alternativo y por eso mezcla muchas cosas.

-Y siempre es más fácil mirar hacia atrás que hacia adelante.
-Bueno, el pasado pasó y por tanto cuesta menos mirarlo que aquello que todavía no ha pasado. Tenemos que mirar el pasado para aprender pero, sobre todo, para rediseñar futuros diferentes que no nos vuelvan a hacer caer en los problemas que tuvimos en el pasado. Parte de lo que planteamos es que la humanidad tiene que producir una rectificación muy profunda, si seguimos como estamos nos destruimos como especie y destruimos el planeta y esto implica un planteamiento ético fundamental hacia una refundación de lo que son las condiciones básicas de la existencia humana.

-Alguna vez le preguntaron a un rabino qué es una persona piadosa y él dijo: “Una persona piadosa es la persona que hace algo más de lo que exige la ley. La ley exige no engañar al prójimo y el piadoso no lo engaña pero hace un poco más y no se engaña a sí mismo”. ¿Es en ese sentido que va el coaching?
-Es parte importante, sí. El coaching es una perspectiva que lo conduce a mirar los aspectos más ocultos que uno mantiene para sí, atreverse a nutrirse de ellos y también lograr aceptar los aspectos reprimidos de otros con compasión, no en el sentido de lástima sino más bien en el sentido anglosajón: sin perder la capacidad de afecto.

-Fernando Savater, en uno de sus libros, es muy diciente con la dedicatoria para sus lectores: “A los que no lo tienen todo claro”. ¿El coaching es para los que no lo tienen todo claro?
-Sí y no... y la pregunta me gusta mucho porque yo creo que todos no lo tenemos todo claro, es más, sobre las cosas más importantes no lo tenemos para nada claro. Y el coaching es para aquellos que creen que tienen todo claro, y están atrapados en algo que limita mucho sus relaciones.

-¿En el fondo, la cuestión es volver a la filosofía como se entendía en un principio, que es la que le ayuda a uno a saber vivir y a saber morir?
-Lo que nosotros hacemos implica ir a la filosofía, ir a sus bastiones, ir a sus fortalezas, empaparnos de ella y llevarla nuevamente a la calle. Somos de aquellos filósofos que se dan en Grecia donde la filosofía surge en la plaza, surge en el mercado, surge en la fiesta.

-Tres consejos de primeros auxilios filosóficos para escapar a tanta retórica y retomar nuestra propia espontaneidad.
-No es fácil dar primeros auxilios filosóficos, pero diría que lo primero es aprender a escuchar, la historia de la humanidad ha sido hasta ahora la historia de una humanidad que no sabe escucharse, que cada vez que encontramos una diferencia muy grande con el otro, rompemos. Lo segundo es reconciliarnos con la emocionalidad y la corporalidad, concebirlo como que son parte de nuestra dimensión humana. Y por último, ser muy precavido frente a lo que algunos invocan como la verdad. Porque cuando creemos que hemos accedido a la verdad, despreciamos al otro, lo descalificamos, lo invalidamos, y eso nos ha hecho mucho mal.

-¿En últimas lo que se busca es ser más sensible frente al otro y frente a nosotros en la soledad?
-Más sensibles sí, más aceptadores, más inocentes, menos culposos frente al otro y frente a uno mismo. Aceptando nuestras precariedades sabiendo que la conciencia que podamos tener de ellas son la base de lo que podemos desarrollar posteriormente.

-Seguro un buen ejemplo puede ser su propia vida, ¿cómo fue su propio coaching?
-¡Ah, eso es muy interesante! Porque mi vida hoy en día es completamente distinta de lo que fue en el pasado, haciendo y pensando cosas muy distintas de las que pienso hoy.

-¿Qué hacía?
-Yo era profesor universitario, enseñaba Sociología, Ciencias sociales, me sentía muy cercano al pensamiento marxista y ese camino me llevó a un callejón sin salida, que tiene que ver con la experiencia que vivimos en Chile en la década de los 70, un camino que me obligó a comportarme de una forma que luego lamenté. La persona que soy hoy es muy distinta de la que era hace 30 años.

-De esa época de su pasado, ¿qué no le gustaba y qué logró cambiar?
-El fundamentalismo de izquierda, la presunción de que era poseedor de la verdad, mi dificultad para abrirme a otros que pensaban muy distinto y respetarlos. Fui una persona dogmática, una persona que me desplazaba por el mundo en forma muy rígida y que en definitiva contribuí a un drama nacional en Chile. No soy responsable de las atrocidades que se hicieron después, pero sí de la polarización. Y el golpe militar contra Salvador Allende es el resultado de la polarización y yo fui parte de eso.

-Las palabras son el intermediario obligatorio en nuestra existencia y cada vez somos menos preparados para usarlas, hay cierta indolencia hacia el lenguaje. ¿Eso es parte del problema que tenemos en comunicación?
-Esa es la columna vertebral de nuestra propuesta, que el lenguaje es acción. Antes se entendía que el lenguaje era algo descriptivo, algo pasivo. La filosofía del lenguaje redescubre la dimensión activa del lenguaje porque cada vez que hablamos estamos actuando.

-¿Otro primer auxilio filosófico sería fortalecernos en el lenguaje?
-Sin duda, hay que asumir la responsabilidad que nos cabe por la forma como operamos en el lenguaje. Perder esa inocencia en la que decíamos “pero no fueron sino palabras”... ¡Cuidado! Las palabras son extremadamente poderosas. Venimos de un Dios cuyo poder creador viene del poder transformador de la palabra. No hay nada más poderoso para los seres humanos que reconocer el poder creador y destructor de la palabra. Por eso creo que parte central de la propuesta es mirar el habla, las prácticas conversacionales desde una perspectiva que no habían sido adecuadamente vistas antes y hacernos responsables de ellas de una forma distinta.

-En un mundo charlatán, ¿a qué palabras hay que creerles?
-Considero que la solución para eso, porque es cierto que vivimos en un mundo invadido de palabras, es una conexión muy profunda en el alma de cada uno, para desarrollar capacidad de discernimiento que me permita escoger o rechazar propuestas, discursos, publicidades que nos llegan por todos lados. Si no hay esa conexión muy profunda estamos sujetos a ser empujados por palabras contradictorias que nos pueden llevar a cualquier lado.

-Primero fue la magia, después fue la religión, después la filosofía, ahora el coaching. ¿No cree que lo que tenemos es exceso de técnicas y nos está faltando espíritu?
-Claro, exactamente por eso es que el coaching ontológico, como la ontología del lenguaje, son básicamente ofertas que buscan recrear el dominio de la ética, hoy en crisis, por eso es que creemos que es muy importante volver a preguntarnos por el fenómeno humano.

-¿Qué pregunta específica?
-¿Cómo somos genéricamente los seres humanos, más allá de nuestras diferencias individuales? Es una pregunta que sabemos que es inconclusa, que el ser humano es un ser que no solamente es criatura, es creador y no solamente es creador de mundos, es creador de sí mismo, los seres humanos estamos en el mundo participando con los dioses en el acto sagrado de nuestra propia creación, por tanto es una pregunta que siempre va a ser una pregunta a medias, pero en esa mitad podemos establecer consensos.

-En ese cambio que tuvo con su propio coaching, ¿hoy es un hombre creyente?
-Sí, soy creyente aunque no creo que le pondría adjetivo o apellido a aquello en lo que creo. Mi impresión es que hay que avanzar hacia un concepto de la fe diferente. Venimos de una tradición que le ha conferido demasiada importancia a la fe fundada en la palabra dicha por otros, y hemos puesto poco énfasis en un proceso permanente de búsqueda y de generación de experiencias que sean el sustento más sólido de mi propia espiritualidad.

-¿Es un poco pensar, o vivir, sin certezas?
-Es exactamente eso, es vivir en un mundo de interpretaciones siempre limitadas. La fe tiene que ser vivida de la misma forma: procesos de búsqueda, de transformación, de exploración, de desarrollo, no como algo ya constituido que me llegó por obra y gracia del Espíritu Santo.

-¿Y la certeza de un mundo en caos?
-Considero que los problemas que hoy encaramos son demasiado serios como para no sospechar que muchas de las cosas que hemos dado por ciertas requieren de una revisión. Vivimos un mundo catastrófico por cosas que provocamos nosotros mismos y creo que tenemos que despertar. En eso es en lo que estamos nosotros, muy humildemente, con mucha incertidumbre y sin ninguna certeza. La certeza es algo de lo que me desprendí, todo es conjetural. Si es mejor, me inclino por ese lado y sigo por ese lado, y voy a reencontrarme con los límites y precariedades y eso me va a obligar a avanzar más lejos.

-En últimas, ¿lo primero que hay que hacer para reinterpretar nuestra existencia es comenzar a escuchar?
-Yo lo diría a la inversa: para comenzar a escuchar hay que soltar las certezas, si me apoyo en mis certezas puedo oír al otro lo que dice, puedo repetir lo que dice, pero no lo voy a comprender porque mis certezas me van a bloquear para acceder a su historia, a su sensibilidad, a su diferencia frente a la mía.

Fuente: J. D. Villamil para Cromos.com.co
 
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