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Los cinco principios de la educación emocional

8.8.12
Los niños de hoy en día, suelen mostrarse más impulsivos, desobedientes, ansiosos y temerosos; a la par que más tristes, solitarios  y violentos. Principalmente son víctimas de dos fuerzas: la económica y tecnológica.

Para poder dar un vuelco positivo a este asunto, es imprescindible una adecuada educación emocional de nuestros hijos. Esta se basa en que tanto padres como madres trabajen con sus propias emociones y la de sus hijos de una manera inteligente, positiva y constructiva. Busca ir logrando pequeños cambios, reducir el estrés y aumentar la diversión en nuestras familias. Implica sin duda alguna, un nuevo paradigma para la educación de nuestros hijos.
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Los 5  principios para una educación emocionalmente inteligente:

1- Ser conscientes de nuetros propios sentimientos y el de los demás.
Muchos niños confunden el estar enfadado con furioso, irritado con triste, orgulloso con satisfecho. Si somos capaces de reconocer nuestros sentimientos más posibilidades tendremos de controlarlos. ¿Por qué es tan importante hacerlo? porque nuestra forma de ser influencia en gran medida lo que hacemos. Cuando estamos triste nos mostramos retraídos, si estamos contentos derrochamos buen humor.

Pero si no sabemos como nos sentimos, entonces tampoco sabremos cual es la forma de actuar más probable y no estaremos seguros de cómo ponerla en práctica.
Si sabemos como se sienten los demás la oportunidad de mantener una interacción positiva con ellos será mayor, lo que incluye, en ocasiones obtener lo que deseen.

2- Mostrar empatía y comprender los puntos de vista de los demás:
La empatía es la capacidad de conocer los sentimientos de otro. Para hacerlo uno debe ser capaz de reconocer sus propios sentimientos y luego podrá interpretar los de los demás. "No juzgues a los demás hasta haberse calzado sus zapatos". Incluye tanto una escucha cautelosa como la interpretación de pistas no verbales. El lenguaje corporal y el tono de voz trasmiten nuestras emociones más que la palabra.

Ejemplo: cuando dos hermanos se pelean no son conscientes de los sentimientos del otro.
La habilidad de trasmitir lazos de empatía es crucial para los padres con respecto a sus hijos y estos empiezan a vivenciar la empatía como una aptitud social positiva. Comprender el punto de vista de los demás nos permite el acceso a lo que pueden estar pensando, a como considerar y definir una situación y a lo que planeen hacer al respecto.

Los niños de corta edad (y los adultos inmaduros) tienden a considerar el mundo en términos de sus propios deseos y necesidades. A medida que crecen (7 u 8 años) se vuelven más capaces de negociar, transigir y ser tolerantes. Ese proceso atraviesa altibajos a lo largo de la adolescencia.

Los padres pueden enseñar a los niños a asumir diferentes posturas. Los medios de comunicación, internet y sus compañeros ofrecen mensajes confusos y en esto juegan un papel importante los progenitores a la hora de guiar a sus hijos en la toma de perspectiva y esto requiere que expliquen a sus hijos su conducta y sentimientos para que estos puedan comprenderlos.

Aquel que pude considerar las cosas desde diferentes perspectivas es más capaz de controlar la toma impulsiva de decisiones y ser más creativo y efectivo a la hora de resolver problemas.

3- Hacer frente de forma positiva a los impulsos emocionales y de conducta.
Implica la habilidad de esperar para obtener una gratificación. Autocontrol y resistencia ante los impulsos y tentaciones momentáneos. Este es un concepto que a muchos adultos les cuesta dominar, sobre todo con las tarjetas de crédito. Sin la habilidad de retardar la gratificación acabamos por obtener menos. Si uno trabaja más para alcanzar algo, tiende a lograr más y a sentir la gratificación de haber luchado por eso.
Otro aspecto del autocontrol lo constituye la habilidad de moderar la propia reacción emocional.

4- Plantearse objetivos positivos y trazar planes para alcanzarlos:
Debemos ayudar a los niños a entender el significado de la palabra objetivo. Algunos niños lo relacionan con la idea de un blanco, a otros le ayuda la imagen de un timón o de una brújula. Ser consciente de sus objetivos le ayudará a desarrollar un plan adecuado y son los planes los que nos ayudan a lograr nuestros objetivos.

Ejemplo:  un adolescente que ha mentido diciendo que se había quedado a dormir en lo de un amigo y se había ido a ver un concierto. Aquí los padres se pueden formular un objetivo antes de reaccionar, quizá el de inculcar al hijo que sea sincero y se comunique abiertamente, en lugar de reprenderle y aplicarle un castigo que puede llevar al hijo a otro escape mentiroso.

5- Saber tratar de forma efectiva con los demás.
Ello implica dotes sociales como la comunicación y la resolución de problemas. Uno no debe solo ser capaz de expresarse de un modo claro sino también de saber escuchar y aportar respuestas constructivas. El primer grupo lo conforma la familia y ello implica desarrollar aptitudes.

Aprender a escuchar a los demás con cautela, a actuar por turno, a sintonizar diferentes sentimientos, a llegar a un acuerdo y a declarar las propias ideas con claridad se hallan entre los dotes sociales que nos ayudan a desenvolvernos mejor en un grupo. Cuando se utilizan estos dotes los grupos funcionan mejor, incluida la familia.

Ejemplo: que hacer el fin de semana en familia considerando el objetivo común: el de pasarlo bien. Pero como aprenden a reaccionar los niños cuando la decisión mayoritaria es la equivocada para ellos, como la de acudir a un museo en lugar de ir a ver un partido. Es preciso que los padres reconozcan que sus hijos se sentirán molestos al principio, después de que se hayan calmado es importante ayudarles a concentrar su atención en una actividad futura de la que si disfrutarán un próximo fin de semana. 

De esta forma les estamos enseñando a mirar hacia el futuro cuando no se salgan con la suya, contarán con la aptitud de superar su desilusión y mantenerse enfocados en sus objetivos, así como la de tener en consideración los sentimientos y necesidades del resto de la familia.

Fuente: del libro Educar con inteligencia emocional (Maurice Elias, Steven Tobías y Brian Friedander)
 
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