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Somos responsables de mejorar el mundo

13.8.12
Nuestra vida dejará una huella en el universo, esto es así, nos guste o no. El nacimiento de cada persona crea ondas que se extienden en el entorno social: los padres, los hermanos, los parientes y los amigos se ven afectados por ellas y, a medida que nos desarrollamos,  nuestras acciones dejan tras de sí un sin fin de consecuencias. Muchas son deliberadas, pero la gran mayoría no son conscientes. 

También nuestras decisiones como consumidores producen minúsculas diferencias en la economía, las decisiones políticas afectan el futuro de la comunidad y cada acción, aunque parezca muy pequeña, modifica ligeramente la calidad total del bienestar humano. 

Pertenecemos a algo más grande
No es posible llevar una vida verdaderamente óptima sin sentir que se pertenece a algo más grande y más permanente que uno mismo. Ésta es la conclusión común a todas las diferentes religiones que han dado sentido a la vida de las personas a lo largo de prolongados períodos de la historia de la humanidad. 

Hoy en día, absortos todavía por los grandes avances producidos por la ciencia y la tecnología, corremos el riesgo de olvidar esta visión profunda. En Estados Unidos y en otros países tecnológicamente avanzados, el materialismo y el individualismo han prevalecido casi totalmente sobre la lealtad a la comunidad y a los valores espirituales.

Es significativo que el doctor Benjamín Spock, cuya orientación sobre la educación de los niños tuvo una influencia inmensa sobre al menos dos generaciones de padres, al final de su vida dude de que fuera una buena idea el acento puesto anteriormente sobre la formación de los niños para que se convirtieran en individualistas acérrimos. Ahora piensa que para ellos es esencial aprender al menos a trabajar por el bien común y a apreciar la religión, el arte y los demás aspectos inefables de la vida.

Son muchos los signos de advertencia de que nos hemos quedado demasiado prendados de nosotros mismos. Un buen ejemplo de ello es la incapacidad de muchas personas para comprometerse; esto ha hecho que la mitad de la población urbana de los países desarrollados pase su vida de manera solitaria. Otra consecuencia ha sido la decepción creciente que, encuesta tras encuesta, manifiesta la población respecto de la mayoría de las instituciones en que confiábamos y de quienes las dirigen.

Cada vez miramos más para otro lado y escondemos la cabeza cuando oímos malas noticias y nos retiramos a comunidades privadas con rejas y con guardias de seguridad. Pero es imposible realizar una buena vida personal con sólo mantenerse a distancia de una sociedad corrupta.

Nuestra responsabilidad
Un ingrediente fundamental para tener una vida satisfactoria es asumir una responsabilidad activa respecto del resto de la humanidad y del mundo de que formamos parte. Sin embargo, el desafío real consiste en reducir la entropía del propio entorno sin aumentarla en nuestra conciencia.

La filosofía budista ofrece muy buenos consejos sobre cómo puede llevarse esto a cabo:

 "Actúa siempre como si el futuro del universo dependiese de lo que tú hagas, y al mismo tiempo ríete de ti mismo por pensar que cualquier cosa que hagas significa algo"

Es esta actitud seria y distendida al mismo tiempo, esta combinación de preocupación y humildad, la que posibilita estar comprometido y mantener simultáneamente una actitud desapegada. Con esta actitud uno no necesita ganar para sentirse satisfecho; contribuir al mantenimiento del orden del universo se convierte en su propia recompensa, más allá de los resultados que se consigan. Entonces es posible encontrar la alegría incluso cuando luchamos por una buena causa en una batalla perdida de antemano.

La comprensión del yo
El paso a dar para salir de este laberinto sin salida es obtener una comprensión más clara del propio yo, de la imagen que cada persona se hace de sí misma. El inconveniente de la autoimagen es que tan pronto como emerge, en la primera infancia, empieza a controlar el resto de la conciencia. Como nos identificamos con ella, creyendo que es la esencia de nuestro ser, el yo aparece crecientemente no sólo como el contenido más importante de la conciencia, sino también como el único al que vale la pena prestar atención.

El peligro consiste en que toda la energía mental se encaminará hacia la satisfacción de las necesidades de la entidad imaginaria que nos hemos creado. Esto no sería demasiado negativo si el yo al que damos nacimiento fuera una entidad razonable. Pero los niños maltratados crecen construyendo una imagen indefensa o vengativa de sí mismos; los niños mimados y no amados pueden crear un yoes narcisistas. Un yo puede llegar a ser insaciable o a tener una idea exagerada de su propia importancia.

Por ello, las personas que poseen un yo distorsionado se ven arrastradas a satisfacer sus necesidades. Si piensan que necesitan más dinero, poder, aventura o amor, harán todo lo posible para satisfacer esa necesidad, yendo incluso más allá de lo que les conviene a largo plazo. En estos casos es probable que la energía psíquica de una persona, dirigida por un ego erróneamente concebido, cause entropía tanto en su entorno como en el interior de su conciencia.

No es sorprendente, entonces, que tantas religiones hayan culpado al ego de ser la causa de la infelicidad humana. Sin embargo, el consejo radical que han dado históricamente, consiste en neutralizar el ego no permitiéndole que dicte sus deseos. Si nos negamos a satisfacer nuestras necesidades renunciando a la comida, a las relaciones sexuales y a todas las vanidades por las que luchan los seres humanos, finalmente el
ego no tendrá nada que hacer y acabará por marchitarse y morir.

La vía media
Pero no hay manera alguna de eliminar completamente el ego y seguir sobreviviendo. La única alternativa viable es seguir una vía menos radical y esforzarnos por llegar a conocer el propio yo y entender sus peculiaridades. Entonces es posible separar las necesidades que realmente nos ayudan a navegar a través de la vida de los brotes malignos que surgen de ellas y hacen que nuestra vida sea infeliz.

No hace falta ser un artista para transformar las partes peores de uno mismo en una comprensión más profunda de la condición humana. Todos tenemos la oportunidad de utilizar de forma constructiva la ambición, la necesidad de ser amados, e incluso la agresividad, sin ser arrastrados por ellas. Una vez que nos damos cuenta de cuáles son nuestros demonios, ya no tenemos por qué temerlos. En lugar de tomarlos en serio podemos sonreír compasivamente ante la arrogancia de esos frutos de nuestra imaginación.

Por supuesto, esto es más fácil de decir que de hacer......

Entoces...que se puede hacer?
Tener las metas claras ayuda a experimentar estados de fluidez no porque sea necesariamente importante alcanzarlas, sino porque sin una meta es difícil concentrarse y evitar distracciones. Así, un escalador establece como meta alcanzar la cima no porque tenga un gran deseo de alcanzarla, sino porque la meta hace posible la experiencia de escalar. Si no fuera por la cima, la escalada se convertiría en un avanzar sin prisas que le dejaría a uno descontento y apático.

Incluso, existen muchas pruebas que prueban que si no se experimentan estados de fluidez, sólo el hecho de hacer algo en armonía con nuestros objetivos mejora la calidad del estado de ánimo. Por ejemplo, estar con amigos por lo general levanta el ánimo, especialmente si comprobamos que lo que queremos hacer en un momento dado es relacionarnos con ellos; pero si sentimos que debiéramos estar trabajando, entonces el tiempo pasado con los mismos amigos es mucho menos positivo. A la inversa, incluso un trabajo que no nos gusta nos hace sentirnos mejor si nos las arreglamos para verlo como parte de nuestros objetivos.

Estos valiosos descubrimientos sugieren que una forma sencilla de mejorar la calidad de vida es responsabilizarse de las propias acciones. Gran parte de lo que hacemos (una media de dos tercios de nuestra actividad) son cosas que creemos que tenemos que hacer o que hacemos porque no hay ninguna otra cosa que creamos que es mejor hacer. Muchas personas se pasan toda la vida sintiéndose marionetas que se mueven sólo porque se le tiran de los hilos.

En estas condiciones, lo más probable es que pensemos que estamos desperdiciando nuestra energía psíquica. Así pues, la cuestión es: ¿por qué queremos hacer más cosas? El simple acto de querer centra la atención, establece prioridades en la conciencia y crea así un sentido de armonía interna.

Fragmento adaptado del libro "Aprender a fluir" de Mihaly Csikszentmihalyi
 
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